Personas Comunes, Promesas Nada Comunes

Escrito el 28/12/2025
Christian Schahab

Lucas 2 

Hoy quiero que volvamos, una vez más, a todo lo que rodea el nacimiento de nuestro Salvador. 

María, comprometida con José.  

Embarazada.  

A punto de dar a luz a Jesús. 

Jesús naciendo en un pesebre.  

Pastores avisados por ángeles:  

“Esto les servirá de señal: encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.” (Lucas 2:12) 

Sabios siguiendo una estrella que anunciaba que había nacido el Rey de los judíos. 

Dios hablándole a cada uno en su propio idioma.  

A los pastores, con ángeles.  

A los sabios, con señales en el cielo. 

Porque cuando Dios quiere anunciar una promesa, usa el lenguaje que cada persona puede  entender. 

Ahora, todo eso lo conocemos.  

Lo celebramos.  

Lo predicamos cada Navidad. 

Pero hay una escena que muchas veces pasa desapercibida. 

A los ocho días de nacido Jesús, María y José lo llevan a Jerusalén, al templo, para presentarlo al  Señor y cumplir con la ley. 

Y ahí aparecen dos personas que, si no fuera por el evangelio de Lucas, no las conoceríamos  nunca. 

Simeón…  

y Ana. 

Dos personas comunes.  

Dos personas grandes.  

Dos personas que habían pasado gran parte de su vida esperando una promesa. Dice la Biblia: 

“Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y devoto, y aguardaba la consolación  de Israel; y el Espíritu Santo estaba sobre él.”  (Lucas 2:25)

Y agrega algo tremendo: 

“El Espíritu Santo le había revelado que no moriría antes de ver al Cristo del Señor.”  (Lucas 2:26) 

No decía cuándo.  

No decía cómo.  

Solo decía que iba a pasar. 

Y un día, movido por el Espíritu, Simeón va al templo.  

Y justo en ese momento, José y María entran con el niño en brazos. 

Simeón toma a Jesús.  

Lo levanta.  

Y bendice a Dios diciendo: 

“Según tu palabra, Soberano Señor, ya puedes despedir a tu siervo en paz, porque mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.”  (Lucas 2:29–32) 

 

Cuando Dios cumple una promesa, el corazón puede descansar en paz. 

Después Simeón bendice a José y a María, y profetiza sobre Jesús.  

Habla de levantamiento y de caída.  

Habla de oposición.  

Habla de una espada que atravesaría el alma de María. 

Y en ese mismo momento aparece Ana. 

“También había una profetisa, Ana… viuda desde hacía muchos años… nunca salía del templo, sino  que servía a Dios día y noche con ayunos y oraciones.”  (Lucas 2:36–37) 

Ana llega, ve al niño, reconoce lo que Dios está haciendo y: 

“Comenzó a dar gracias a Dios y a hablar del niño a todos los que esperaban la redención de  Jerusalén.”  (Lucas 2:38) 

Dos personas comunes.  

No reyes.  

No líderes famosos.  

No protagonistas visibles. 

Pero Dios quiso que sus nombres quedaran escritos para siempre. 

¿Por qué?

Porque Dios quería que entendamos algo clave: 

Personas comunes pueden recibir promesas nada comunes. 

Y hoy yo vengo a hablarle a personas como Simeón.  

Como Ana.  

Como vos y como yo. 

Personas que perseveramos.  

Que buscamos a Dios.  

Que somos fieles.  

Que oramos.  

Que diezmamos.  

Que ofrendamos.  

Que servimos.  

Que estamos presentes. 

Y aun así, muchas veces vemos que otros reciben lo que pidieron…  

y nosotros todavía no. 

Simeón y Ana son el retrato de personas que tuvieron que sostenerse en algo que no tenían en sus  manos.  

Esperaron años.  

Eran ancianos.  

Pero nunca soltaron la promesa. 

Y hoy quiero dejarte cinco verdades sobre la promesa, que nos ayudan a mantenernos firmes mientras el cumplimiento llega. 

 

1. LA PROMESA ES VER EL FINAL, HOY 

Cuando Dios te da una promesa, no te está hablando del proceso.  

Te está mostrando el resultado final. 

La promesa es ver la última escena de la película  

cuando recién estás grabando la primera. 

Abraham recibió la promesa de una descendencia incontable cuando todavía no tenía ni un hijo. 

“Mira al cielo y cuenta las estrellas… así será tu descendencia.”  (Génesis 15:5) 

 

La promesa te muestra el final para que no te rindas en el medio. 

 

2. LA PROMESA ES LA GUÍA EN EL CAMINO

Cuando no sabés a dónde vas, tampoco sabés cómo llegar.

La promesa fija el destino.  

Y aunque te equivoques, te desvíes o tomes caminos difíciles,  si sabés a dónde vas, siempre podés volver. 

 

Si tenés claro el destino, ningún desvío es definitivo. 

Ahora, entender la promesa como destino y como guía es clave… pero toda promesa siempre espera una respuesta. 

Y muchas veces, esa respuesta no es una emoción, es una decisión. 

Quiero frenar un segundo acá, porque esto es clave. 

Cuando Dios te da una promesa, no solo te está mostrando un futuro. Te está invitando a responder hoy. 

Y muchas veces esa respuesta no es una emoción,  no es una frase linda,  no es decir “amén”… 

Es una decisión. 

Las primicias no son un tema económico.  

Son un tema de fe. 

Porque las primicias no se dan cuando todo está resuelto.  Se dan cuando todavía estás esperando. 

Las primicias son decirle a Dios:  

“Confío más en lo que dijiste que en lo que hoy tengo en la mano.” 

Simeón sostuvo una promesa durante años sin verla cumplida.  Ana sirvió, ayunó y perseveró durante décadas sin resultados visibles. 

Eso también fueron primicias.  

Porque entregaron lo primero de su vida antes de ver el cumplimiento. 

Las primicias son fe anticipada. 

No damos primicias para que Dios haga algo.  

Damos primicias porque ya creemos lo que Dios dijo. 

Por eso hoy no traemos una ofrenda más.  

Traemos una declaración. 

Decimos con hechos:  

“Dios, confío en tu palabra. 

Confío en tu promesa.  

Confío en lo que viene.” 

Porque mientras haya promesa,  

Dios todavía no terminó con nosotros. 

 

3. LA PROMESA ES FUERZA EN LA DIFICULTAD 

Cuando todo se pone cuesta arriba, recordar la promesa saca fuerzas donde ya no había. 

Simeón y Ana siguieron cuando el cuerpo decía “basta”.  

Cuando el tiempo decía “ya fue”. 

 

La promesa te hace avanzar cuando todo en vos quiere frenar. 

 

4. LA PROMESA ES FORMACIÓN 

Mientras caminás hacia la promesa, Dios te está formando. 

Cada espera moldea el carácter.  

Cada dificultad desarrolla capacidad.  

Cada proceso te prepara. 

Porque Dios no solo quiere darte la promesa, quiere que cuando llegue, la puedas sostener. 

Dios te prepara antes de entregarte lo que prometió. 

 

5. LA PROMESA ES EL DESEO DE DIOS HECHO  FUTURO 

La promesa no es una idea linda.  

Es el deseo de Dios por tu vida proyectado hacia adelante. 

Jesús vivió toda su vida con una promesa delante.  

Y cuando llegó el momento, pudo decir: 

“Consumado es.”  (Juan 19:30) 

Porque había sido formado para cumplirla. 

Quiero decirte algo hoy, directo al corazón:

El tiempo de espera no es una detención.  

Es preparación. 

No estás tarde.  

No estás descartado.  

No estás fuera de temporada. 

Mientras haya promesa,  

Dios no terminó con vos. 

“Puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.”  (Hebreos 12:2) 

Personas comunes.  

Promesas nada comunes. 

Seguimos adelante.  

Agradecidos.  

Firmes.  

Con los ojos puestos en Cristo. 

Amén. 

Pastor Christian Schahab.