Los cambios no suceden solo porque cambia el año.
El cambio sucede cuando nosotros damos el primer paso de fe para que Dios empiece a actuar.
Siempre deseamos cosas nuevas.
El cambio de año, de mes, de etapa, nos anima a prometer, a intentar, a empezar.
Decimos: “el lunes arranco”, y muchas veces ese lunes nunca llega.
Pero el punto no es qué día arrancás.
El punto es que arranques.
Porque Dios quiere hacer algo con tu vida, pero las conquistas no llegan sin decisión.
Cuando hablamos de un año de conquista, hablamos de pelea. Nada se conquista sin esfuerzo.
Nada se conquista sin proceso.
Cuando uno quiere conquistar algo importante, está haciendo una transferencia de su vida hacia eso.
Invertimos tiempo.
Invertimos energía.
Invertimos pensamientos.
Y el tiempo es vida.
El tiempo no se recupera.
Por eso es importante preguntarnos:
¿en qué estamos invirtiendo nuestra vida?
Jesús nunca estuvo ajeno a esta realidad. Por eso muchas veces preguntaba:
“¿Qué querés que haga por vos?”
No porque Él no pudiera hacerlo, sino porque la persona tenía que entender que un milagro también implica responsabilidad.
Nuestra vida vale un precio altísimo.
La Biblia dice que fuimos comprados por precio, y ese precio fue la sangre de Jesús.
Él invirtió su vida por la nuestra, convencido de que esa inversión valía la pena.
Y no solo nos salvó, sino que nos preparó para vivir una vida de conquista. Jesús dijo:
“Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Juan 10:10)
Cuando hablamos de conquista, no hablamos de desperdiciar la vida en cosas que no pagan ese precio.
1 — TODA CONQUISTA TIENE COSTO
Nada importante se construye de un día para el otro. Toda conquista implica proceso, tiempo y constancia.
Una casa.
Una familia.
Un ministerio.
Una vida firme.
Todo requiere inversión.
Toda conquista es una inversión de vida.
El tiempo es vida.
Y cuando se entrega tiempo, se está entregando vida.
Por eso no toda conquista termina bendiciendo. Algunas terminan siendo una carga,
porque se invirtió la vida en cosas que no devuelven vida.
La vida tiene un valor eterno.
No puede ser gastada en lo pasajero.
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2 — DIOS YA PROVEYÓ, AHORA HAY QUE AVANZAR
En Cristo ya fue provisto todo.
No falta poder.
No falta presencia.
No falta gracia.
El Espíritu Santo habita en nosotros.
Entonces la pregunta no es si Dios puede.
La pregunta es si va a avanzar en fe y obediencia.
Dios no retrasa promesas.
Dios forma personas capaces de sostenerlas.
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3 — “SEÑOR, SEÑOR” Y EL FUNDAMENTO
Jesús dice:
**«Así que, ¿por qué siguen llamándome “Señor, Señor”, cuando no hacen lo que les digo?
Les mostraré cómo es cuando alguien viene a mí, escucha mis enseñanzas y luego las pone en práctica.
Es como una persona que construye una casa
cavando hondo y echando el cimiento sobre roca sólida.
Cuando vienen las inundaciones y las aguas golpean contra esa casa,
esta queda firme porque está bien construida.
Pero el que oye y no obedece
es como una persona que construye una casa sin cimientos. Cuando las aguas golpean contra ella,
la casa se derrumba de inmediato
y queda totalmente destruida».**
La tormenta llega a todos.
La diferencia no está en la tormenta.
Está en el fundamento.
La dificultad no destruye la casa,
revela cómo fue construida.
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4 — DANIEL: ORDEN INTERNO ANTES DE CONQUISTA EXTERNA
La Escritura dice:
**«Entre esos jóvenes se encontraban Daniel, Ananías, Misael y Azarías,
todos de la tribu de Judá.
El jefe del personal les puso nuevos nombres: a Daniel lo llamó Beltsasar;
a Ananías, Sadrac;
a Misael, Mesac;
y a Azarías, Abed-nego.
Sin embargo, Daniel se propuso firmemente no contaminarse con los manjares y el vino dados al rey. Así que pidió al jefe del personal
que le permitiera no contaminarse».**
A Daniel le cambiaron el nombre.
Y Daniel no le dio importancia.
No discutió cómo lo llamaban.
No reaccionó a cómo lo veían.
No se detuvo en la opinión de los demás.
Porque Daniel sabía quién era.
Lo que otros decían de él no lo definía.
Pero hubo algo con lo que sí fue intencional.
Algo que sí cuidó.
Algo que sí filtró.
Daniel se cuidó de lo que entraba en su vida.
Lo que otros dicen de vos no te define. Lo que dejás entrar a tu vida, sí.
La mesa fue el verdadero campo de batalla. No era comida.
Era influencia.
Era formación interna.
Daniel no cuidó su imagen.
Cuidó su interior.
Esa decisión privada sostuvo toda su historia.
Las decisiones privadas
sostienen las conquistas públicas.
Daniel no fue fuerte solo en el foso de los leones. Fue fuerte cuando nadie lo veía.
Por eso tuvo continuidad.
Por eso atravesó imperios.
Por eso Dios lo sostuvo.
La victoria de Daniel
no fue un momento extraordinario,
fue una vida ordenada.
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5 — LA MENTE: EL VERDADERO CAMPO DE BATALLA
La pregunta en este punto es muy simple:
¿Qué estás dejando entrar en tu mente?
Porque muchas luchas no empiezan con lo que realmente pasa. Empiezan mucho antes.
Empiezan en un pensamiento.
En una idea que se repite.
En algo que se acepta sin filtrarlo.
Se sufre más por lo que se imagina
que por lo que realmente sucede.
Pensamientos que no vienen de Dios.
Contenidos que no edifican.
Mentiras que se escuchan una y otra vez
y que con el tiempo se terminan creyendo como verdad.
Y eso empieza a marcar la manera de pensar, la manera de decidir
y la manera de vivir.
No se puede conquistar con una mente desordenada.
Lo que dejás entrar en tu mente
gobierna tus decisiones.
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6 — LA CONQUISTA SE EXPRESA EN MISERICORDIA
Misericordia es sentir y comprender la miseria del otro.
Cuando damos lugar a la misericordia en nuestro corazón, nuestros pensamientos salen de la idea continua de dificultad y tristeza
por las situaciones que atravesamos en el presente, y se enfocan en dar y bendecir a otro
para ayudarlo a salir de su lugar de miseria.
«Si ayudas al pobre, le prestas al Señor,
¡y él te lo pagará!»
La misericordia no es un punto aparte del mensaje. Es la consecuencia.
Una mente ordenada.
Un corazón alineado.
Decisiones sanas.
Eso inevitablemente se transforma en una vida que bendice.
Dios no bendice para acumular.
Bendice para que otros sean alcanzados.
Daniel oraba para que todo Judá fuera restaurado y volviera a su tierra.
Y aunque él no vivió esa restauración de manera directa, a través de Esdras y Nehemías
Judá volvió a Jerusalén de acuerdo a lo profetizado por Jeremías setenta años antes.
Daniel no dio lugar al temor en su vida.
Se comprometió hasta lo máximo para que se cumpliera lo que Dios ya había dicho que iba a pasar.
Porque una conquista madura siempre termina siendo una bendición para alguien más.
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Y todo este mensaje se resume en una sola verdad:
No le pidas a Dios
lo que no estás dispuesto a sostener.
Pastor Christian Schahab