El otro importa
Cuánta fidelidad de Dios.
Mensaje de Salvación cumple 47 años. De esos 47, llevo 28 siendo parte de esta familia.
En todo este camino vi una gran cantidad de personas que sembraron todo de sí para que el nombre de Jesús siga siendo proclamado a través de MDS Temperley.
Es gratificante entender que somos producto de quienes nos precedieron, de gente que dio más de lo que quizás alguien podía exigirle.
Estos días veía cómo unos hermanos de la iglesia avanzaban en la construcción de una habitación, en el segundo piso de su casa. Para llegar arriba hace falta una escalera. Alguien tiene que pagar el precio de esos escalones, y suele ser costoso.
Pero qué gratificante es después ver a los hijos subir esos escalones para llegar a su pieza. Te das cuenta de que pudiste hacer que el piso de ellos quede mucho más alto del que vos tuviste cuando empezaste.
1. El otro importa
Ser parte de Mensaje de Salvación es entender que el otro importa. Que importa tanto como para dejar una comodidad —hasta un partido del Mundial— para poder bendecir a alguien más. Dejar de mirarnos a nosotros mismos por un momento para mirar al otro.
Esto es Mensaje de Salvación: entender que cada acción, por más mínima que sea, puede hacer una diferencia en la vida de otra persona.
Algo puede pasar cuando alguien entiende que el otro importa.
2. Jesús es la respuesta de Dios para el mundo
Esto que veníamos hablando —que el otro importa— no es más que lo que Dios ya le pidió a su Iglesia a través de Jesús. Y no por casualidad esta casa se llama Mensaje de Salvación, porque Dios le dio a su Iglesia un trabajo: llevar un mensaje que trae salvación.
"Vayan y hagan discípulos."
Discípulo es transferencia de vida. Ir y multiplicarse en otros, porque recibieron a Jesús en su corazón y su vida fue transformada; y hay muchos más que también pueden recibirlo.
Jesús es la respuesta de Dios para un mundo que sufre, que grita, que clama pidiendo liberación. Pero la Iglesia —vos y yo— es la manifestación visible y palpable de esa respuesta. Jesús es la cabeza; la Iglesia es el cuerpo.
La Iglesia no son estas paredes ni este techo. La Iglesia somos nosotros. Somos los que tenemos la responsabilidad de demostrarle a otro que Jesús es la respuesta.
"Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia. Él es el principio, el primogénito de entre los muertos, para ser en todo el primero." Colosenses 1:18
"Dios sometió todas las cosas al dominio de Cristo y lo dio como cabeza de todo a la iglesia." Efesios 1:22
Como su cuerpo, tenemos una responsabilidad hermosa e incomparable: mostrar a Jesús donde vayamos.
La Iglesia existe para hacer visible a Jesús. Por eso el otro importa: porque cada persona que tenemos al lado es alguien a quien Jesús quiere alcanzar a través nuestro.
Compartir a Cristo con los que nos rodean no es solamente una de las mejores tareas que podemos realizar. Es la tarea que puede definir el destino final de una persona.
Quizás pensás:
"Yo no robo, no me drogo, no tomo."
Pero Jesús vino a darte mucho más que eso: una vida con propósito, con identidad, con alegría, con esperanza, con fe. Una vida de verdad.
Los que hemos conocido a Cristo entendemos que antes no teníamos vida.
Compartir el Evangelio conlleva una gran responsabilidad. Pero también trae complicaciones que, muchas veces, no esperábamos.
3. No siempre bien recibido
No todos van a recibirte con los brazos abiertos. Muchos te van a decir que no les interesa. Y ahí aparece una frustración:
¿Cómo puede ser, si estoy compartiendo lo mejor que tengo?
El apóstol Pablo, junto con Silas, predicaba el Evangelio en un lugar donde pasaba una joven esclavizada por un espíritu de adivinación. Cada vez que los veía pasar, gritaba:
"Miren, son siervos de Dios, escúchenlos."
Día tras día, hasta que Pablo se cansó y, en el nombre de Jesús, reprendió ese espíritu.
La chica quedó libre. Pero también dejó de generarles ganancias a los hombres que la explotaban. Cobraban fortunas por sus adivinaciones. Al perder el negocio, se enojaron y denunciaron a Pablo y a Silas. Los golpearon. Los encarcelaron.
¿Por qué?
No habían robado, ni golpeado, ni hecho daño a nadie. Habían liberado a una joven de un espíritu inmundo. Pero eso le quitó la ganancia a alguien, y eso bastó para que la oposición se levantara.
Pablo siguió adelante. Y tuvo victoria.
No podemos dejar pasar la vida sin hablar de Jesús, aunque a veces eso traiga oposición.
Pero hay otro tipo de resistencia, más silenciosa que la de afuera: la de conformarnos con una emoción pasajera y llamarla avivamiento, cuando Dios busca mucho más que eso.
4. El verdadero avivamiento
Cantamos avivamiento. Pedimos avivamiento. Pero tenemos que entender qué es, en realidad.
No es una manifestación llamativa. No es caerse al piso ni una emoción del momento. El verdadero avivamiento es que el Espíritu Santo te toque de verdad y que aquello que antes hacías ya no lo hagas más.
Que el que golpeaba a su familia deje de golpearla.
Que las palabras que lastiman —no solo los insultos, también el "no podés", el "nunca vas a cambiar"— empiecen a desaparecer de tu boca.
El cambio real no es una manifestación espiritual pasajera. Es la consecuencia visible de una vida que dejó de vivirse como antes.
Dos cosas quiero que tengamos presentes.
La primera: el avivamiento no es para que venga más gente a la iglesia; es para que yo sea transformado y que ese cambio haga que otros crean en Jesús.
La segunda: yo no puedo seguir siendo cambiado si no hablo de Aquel que me transformó. Eso mismo entendieron Pedro y Pablo. Y por eso nunca dejaron de hablar.
Antes de ser entregado, Jesús mismo les advirtió a sus discípulos que el camino no sería fácil:
"Les he dicho todo lo anterior para que en mí tengan paz. Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas; pero anímense, porque yo he vencido al mundo." Juan 16:33 (NTV)
Jesús no promete un camino sin dificultad. Asegura una victoria que ya fue conseguida.
5. Una vida transformada
Cuando estaba en la secundaria tuve un profesor de Filosofía. Era un hombre ateo, muy formado. Un día, en medio de una clase, dijo algo que nunca olvidé:
"Yo no creo en Dios. Pero ante los evangélicos, me saco el sombrero."
Y explicó por qué.
Contó el caso de un guardiacárcel, un hombre entrenado para la dureza, alguien que llegaba a su casa y golpeaba a toda su familia. Solía ver a la familia de este hombre pasar con moretones por la calle y, de repente, empezó a verlo caminar junto con toda su familia ya no con moretones, sino con la Biblia bajo el brazo.
"No sé qué le pasó", dijo el profesor, "pero ante los evangélicos me saco el sombrero."
No fueron los evangélicos los que lo transformaron. Fue alguien que no dejó de hablarle de Jesús. Ese alguien no salvó solamente a un hombre; salvó a una familia.
Y, de paso, hizo que un profesor ateo, firme en su incredulidad, no pudiera dejar de reconocer que algo real había ocurrido.
Y de esto puedo contarte muchas más.
Gente que vino triste y hoy está fortalecida.
Gente que llegó con decisiones finales sobre sí misma y hoy sigue de pie.
Familias que pasaron por momentos durísimos y volvieron a levantarse.
Jesús restaura.
Jesús cambia.
Jesús es la esperanza.
6. Confiar como un niño
Jesús nunca prometió que sería fácil. Y muchas veces va a parecer injusto. Pero vale la pena. Más que eso: vale la pena confiar, entregarse por completo.
Es como cuando de chico solo tenías que decir:
"Mamá, tengo hambre."
No te importaba si había plata o no. Simplemente confiabas en que la comida iba a llegar.
Así nos dice Jesús: la mesa está servida. Quizás hoy no tenés el plato que te gustaría, pero hoy comemos esto y mañana comemos mejor.
Él nunca te va a dejar sin nada.
Por eso, aunque tu circunstancia hoy parezca adversa, aunque sientas que este año te estás peleando más de lo que estás conquistando, si creés, vas a ver la gloria de Dios sobre tu vida, tu familia y tu trabajo.
No dejes de hablar de Jesús
¿Querés que haya más personas en la iglesia con vos? Hablá de Jesús.
¿Querés que tu familia esté mejor? Hablá de Jesús.
¿Querés conseguir el mejor trabajo? Hablá de Jesús.
Porque cuando hablás de Jesús no solo vas a salvar muchas vidas. Vas a marcar historia. Vos y yo somos producto de gente que ni siquiera conocimos.
Y va a llegar gente que todavía no te conoce. Pero porque vos sembraste algo de lo que Dios te dio, ese fruto va a llegar hasta sus pies.
Vos podés ser, y vas a ser, parte fundamental de la transformación de la vida de muchas personas.
Pastor Christian Schahab
