¿QUÉ SIGNIFICA ESPERAR EN DIOS?
Isaías 40:28–31 (NTV) "¿Acaso nunca has oído? ¿Acaso nunca has entendido que el Señor es el Dios eterno, creador de toda la tierra? Él nunca se debilita ni se cansa... En cambio, los que esperan en el Señor encontrarán nuevas fuerzas. Volarán alto como con alas de águila. Correrán y no se cansarán. Caminarán y no desmayarán."
Cuando leemos un pasaje como este, el primer peligro que corremos es sacarlo de contexto.
Tomamos un versículo que nos gusta, lo usamos como una frase inspiradora, lo ponemos de fondo de pantalla o hasta nos lo tatuamos.
Pero olvidamos que fue escrito dentro de un contexto histórico, político, cultural y espiritual que no podemos ignorar.
Y justamente ese contexto nos ayuda a comprender mucho mejor quién es este Dios del que habla Isaías.
Isaías 40 fue escrito en uno de los momentos más difíciles para el pueblo de Israel.
Asiria acababa de destruir el reino del norte. Las diez tribus habían desaparecido. Judá seguía resistiendo, pero Jerusalén vivía bajo una amenaza constante.
El pueblo comenzó a hacerse preguntas.
¿Dónde está Dios?
¿No fue Él quien nos sacó de Egipto?
¿No prometió protegernos?
¿Se olvidó de nosotros?
Y si somos honestos, nosotros también llegamos muchas veces a ese lugar.
Tal vez ningún ejército nos rodea.
Pero hay temporadas donde nuestra salud, nuestra familia, nuestras emociones, nuestro matrimonio, nuestro trabajo o nuestra fe empiezan a tambalear.
Y la pregunta vuelve a aparecer.
"Señor... ¿dónde estás?"
Es precisamente a esa pregunta que Dios responde.
"¿Acaso no has oído? ¿No sabes quién soy? Yo soy el Señor eterno. Yo no me canso. Yo doy fuerzas al cansado."
Pero hay algo que me llama profundamente la atención.
Antes de decirnos lo que Él puede hacer...
Dios reconoce nuestra realidad.
Dice:
"Hasta los jóvenes se cansan."
Y aquí muchas veces entendemos mal el texto.
No está hablando simplemente de muchachos jóvenes.
La palabra hebrea describe a los hombres más fuertes y preparados de Israel. La élite militar. Los más capaces físicamente.
Y Dios dice:
"Hasta ellos llegan al límite."
Es como si el Señor nos estuviera diciendo:
Cansarse es humano.
Quedarse sin fuerzas forma parte de la condición humana.
Dios no minimiza nuestro cansancio.
Lo reconoce.
Pero tampoco quiere dejarnos viviendo en él.
Porque inmediatamente después hace una promesa.
"Los que esperan en el Señor tendrán nuevas fuerzas."
Y ahí aparece la gran pregunta del pasaje.
¿Qué significa realmente esperar en Dios?
1. ESPERAR EN DIOS ES ENTRELAZAR TU VIDA CON ÉL
Todos queremos esa promesa.
Todos queremos nuevas fuerzas.
Queremos una familia fuerte.
Un matrimonio sano.
Una fe firme.
Un corazón que no se derrumbe cada vez que cambia la temporada.
Pero si no entendemos qué significa esperar en Dios, vamos a intentar encontrar esas fuerzas en el lugar equivocado.
Porque esperar en Dios no es quedarse quieto.
No es cruzarse de brazos.
No es decir: "Bueno... algún día Dios hará algo."
La Biblia nunca presenta una espera pasiva.
Entonces...
¿Qué significa esperar?
Cuando uno va al idioma original encuentra una palabra preciosa.
La palabra que Isaías utiliza es qavah.
Y esa palabra significa esperar con confianza.
Pero también significa algo mucho más gráfico.
Entrelazarse.
Como dos hilos que comienzan a unirse hasta transformarse en una sola cuerda. Y creo que esa imagen cambia completamente la manera de leer este pasaje. Porque imaginemos por un momento que este hilo representa nuestra vida.
Así de frágiles somos.
A veces vivimos creyendo que podemos con todo.
Que un poco más de esfuerzo va a alcanzar.
Que un poco más de voluntad va a resolver el problema.
Pero la vida empieza a agregar peso.
Responsabilidades.
Preocupaciones.
Dolor.
Pérdidas.
Frustraciones.
Procesos que nunca imaginamos atravesar.
Y seguimos diciendo:
"Yo puedo."
"Voy a hacer un esfuerzo más."
"Voy a aguantar un poco más."
Hasta que llega un momento donde el peso supera nuestras fuerzas. Entonces buscamos ayuda en otras personas.
Nos apoyamos en un líder.
En un amigo.
En el trabajo.
En el dinero.
En el reconocimiento.
En cualquier cosa que nos haga sentir un poco más seguros. Pero seguimos siendo hilos.
Podemos juntar muchos hilos.
Siguen siendo hilos.
Y eso es exactamente lo que Isaías venía diciendo unos versículos antes. El hombre es como la hierba.
Hoy florece.
Mañana se seca.
Nuestra fuerza también tiene un límite.
Nuestra capacidad también tiene fecha de vencimiento. Pero entonces aparece el "pero" de Dios.
"Pero los que esperan en el Señor tendrán nuevas fuerzas."
¿Y qué significa eso?
Que este hilo deja de intentar sostener el peso por sí solo. Ahora se entrelaza con una cuerda.
El hilo sigue siendo el mismo.
No cambió su resistencia.
No cambió su capacidad.
Lo único que cambió fue aquello a lo que está unido.
Y eso es exactamente lo que Dios quiere hacer con nosotros.
No hacernos independientes.
No hacernos autosuficientes.
Quiere que aprendamos a depender de Él.
Porque el cristianismo nunca consistió en hacerse más fuerte. Consistió en permanecer unidos a Aquel que nunca se cansa.
Que nunca se debilita.
Que nunca llega a su límite.
Esperar en Dios no es resignarse.
Es permanecer unido a Él.
No es confiar en mi fuerza.
Es depender de la suya.
No es intentar sostener la vida solo.
Es dejar que Dios sostenga aquello que yo nunca podría sostener. Y cuando eso sucede...
Las mismas cargas que antes me quebraban...
Ahora descansan sobre la fuerza de Dios.
No significa que desaparezcan los problemas.
Significa que ya no los enfrento solo.
Y a partir de ahí, Isaías presenta tres resultados de una vida entrelazada con Dios. No son tres promesas aisladas.
Son tres consecuencias de permanecer unidos a Él.
La primera dice:
"Levantarán alas como las águilas."
2. VOLARÁN ALTO COMO LAS ÁGUILAS
La primera promesa que Isaías menciona es esta:
"Levantarán alas como las águilas."
Y me encanta que esa sea la primera consecuencia de una vida entrelazada con Dios. Porque muchas veces lo primero que necesitamos no es que cambie la circunstancia. Lo primero que necesitamos es que cambie nuestra perspectiva.
Hay momentos donde el problema ocupa toda la escena.
Un diagnóstico.
Una crisis económica.
Un conflicto familiar.
Una pérdida.
Una decepción.
Y empezamos a mirar solamente eso.
Nuestra vista queda atrapada en el problema.
Pero Dios nos invita a levantar la mirada.
Por eso utiliza la figura del águila.
Las águilas tienen una característica muy particular.
Cuando llega una tormenta, la mayoría de las aves hace lo mismo.
Buscan refugio.
Descienden.
Intentan escapar del viento.
Pero el águila hace exactamente lo contrario.
Cuando siente que vienen los vientos fuertes, abre sus alas y utiliza esa misma corriente para elevarse por encima de la tormenta.
La tormenta sigue estando.
El viento sigue soplando.
Pero ahora la perspectiva cambió.
Y creo que eso describe muy bien lo que Dios hace con nosotros.
Muchas veces no cambia inmediatamente la tormenta.
Primero cambia nuestra manera de verla.
Porque una cosa es mirar el problema desde el miedo.
Y otra muy distinta es mirarlo desde la confianza de saber que Dios sigue teniendo el control. Eso fue lo que vivió José.
Fue traicionado por sus propios hermanos.
Vendido como esclavo.
Acusado injustamente.
Olvidado en una cárcel.
Humanamente hablando, todo indicaba que la promesa de Dios había quedado atrás. Pero José nunca dejó de permanecer unido al Señor.
Y con el tiempo entendió que Dios nunca había perdido el control.
Aquello que otros hicieron para destruirlo, Dios lo utilizó para cumplir su propósito. Lo mismo pasó con Daniel.
Vivió cautivo en una tierra extraña.
Le cambiaron el nombre.
Intentaron cambiar su identidad.
Intentaron cambiar su manera de pensar.
Pero nunca pudieron separar su corazón de Dios.
Daniel permaneció entrelazado con el Señor.
Y Dios lo sostuvo durante toda su vida.
También lo vemos en Pablo y Silas.
Fueron golpeados.
Encadenados.
Encerrados injustamente.
Pero en lugar de dejar que la prisión gobernara su corazón, comenzaron a adorar. Mientras todos veían cadenas, ellos seguían viendo a Dios.
Eso hace una vida entrelazada con Él.
No niega la realidad.
No vive fingiendo que no pasa nada.
Pero tampoco permite que las circunstancias definan su esperanza.
Por eso muchas veces nuestra oración debería cambiar.
En lugar de decir solamente:
"Señor, sacame de esta tormenta."
También deberíamos aprender a decir:
"Señor, ayudame a verla desde donde Vos la estás viendo."
Porque cuando cambiamos de perspectiva...
Muchas veces descubrimos que Dios ya estaba obrando mucho antes de que nosotros pudiéramos verlo.
Y esa es la primera consecuencia de esperar en el Señor.
Aprendemos a levantar la mirada.
Aprendemos a vivir por encima de aquello que antes nos dominaba.
No porque seamos más fuertes.
Sino porque estamos unidos a Aquel que nunca deja de sostenernos.
Pero Isaías continúa.
Y la segunda consecuencia tiene que ver con el propósito.
"Correrán y no se cansarán."
3. CORRERÁN Y NO SE CANSARÁN
La segunda promesa dice:
"Correrán y no se cansarán."
Y cuando leemos este versículo solemos pensar en velocidad.
Pensamos en alguien que corre una carrera.
En alguien que hace muchas cosas.
En alguien que nunca se detiene.
Pero Isaías está hablando de algo mucho más profundo.
La palabra hebrea que utiliza para correr no habla simplemente de rapidez. Habla de correr hacia un propósito.
Habla de alguien que sabe hacia dónde va.
Que entendió para qué Dios lo llamó.
Y eso cambia completamente el sentido del pasaje.
Porque Dios no está prometiendo una vida sin desgaste.
Tampoco está diciendo que un cristiano nunca se va a cansar físicamente. Lo que está diciendo es otra cosa.
Quien permanece entrelazado con Dios siempre encontrará las fuerzas necesarias para cumplir el propósito que Dios le dio.
Eso aparece una y otra vez en las Escrituras.
Abraham corre para recibir a los visitantes que Dios le envía.
Rebeca corre para servir.
Elías corre delante del carro del rey.
Siempre hay un propósito.
Siempre hay una misión.
Siempre hay un llamado.
Y eso también es verdad para nosotros.
Dios no solamente nos salvó.
Nos llamó.
Nos dio dones.
Nos dio una asignación.
Nos dio personas a las que alcanzar.
Nos dio una familia que cuidar.
Una iglesia donde servir.
Un lugar donde ser luz.
Cada uno tiene una carrera distinta.
Pero todos tenemos una carrera.
Y muchas veces el problema no es que perdimos las fuerzas.
El problema es que intentamos correr apoyados en nosotros mismos.
Confiamos en nuestra capacidad.
En nuestra experiencia.
En nuestros recursos.
Hasta que un día nos vaciamos.
Y cuando eso pasa, la primera tentación es pensar:
"Quizás tengo que dejar de servir."
"Quizás tengo que abandonar."
"Quizás esto no era para mí."
Pero Isaías nunca dice que la respuesta sea abandonar la carrera. La respuesta siempre es la misma.
Volver a entrelazarnos con Dios.
Porque el problema nunca fue el llamado.
El problema fue querer vivir el llamado desconectados de la fuente.
Jesús dijo:
"Separados de mí nada pueden hacer."
No dijo:
"Van a poder un poco menos."
No dijo:
"Les va a costar un poco más."
Dijo:
"Nada pueden hacer."
Y creo que muchas veces intentamos demostrarle a Dios que somos fuertes. Que podemos.
Que no necesitamos ayuda.
Pero Dios nunca bendice la autosuficiencia.
Dios bendice la dependencia.
La fuerza del cristiano nunca estuvo en sí mismo.
Siempre estuvo en Cristo.
Eso fue lo que entendió David.
Cuando Goliat salió a desafiar al ejército de Israel, todos retrocedieron. Todos vieron un gigante imposible.
Todos calcularon las probabilidades.
Todos miraron sus propias fuerzas.
David también vio al gigante.
Pero había una diferencia.
Mientras todos comparaban el tamaño del gigante con el suyo... David comparaba el tamaño del gigante con el tamaño de Dios. Por eso la Biblia dice que cuando Goliat comenzó a avanzar...
David corrió hacia él.
No porque confiara en una honda.
No porque confiara en su habilidad.
Corrió porque sabía quién peleaba con él.
Y creo que ahí hay una enseñanza para nosotros.
Hay gigantes que nunca vamos a enfrentar desde nuestra fuerza. Hay desafíos que superan nuestra capacidad.
Hay llamados que parecen demasiado grandes para nosotros. Y eso está bien.
Porque nunca fueron diseñados para depender de nosotros. Fueron diseñados para llevarnos a depender de Dios.
Cuando vivimos entrelazados con Él...
Seguimos corriendo.
Seguimos sirviendo.
Seguimos creyendo.
Seguimos avanzando.
No porque nunca nos cansemos.
Sino porque cada vez que nuestras fuerzas se terminan...
Volvemos a la única fuente capaz de renovarlas.
Y entonces Isaías llega a la tercera promesa.
Quizás la más desafiante de todas.
"Caminarán y no desmayarán."
4. CAMINARÁN Y NO DESMAYARÁN
Hay algo que siempre me llamó la atención de este pasaje. Lo lógico habría sido que Isaías dijera:
Caminarán. Correrán. Y después volarán.
Sería el orden natural.
Primero aprendés a caminar.
Después corrés.
Y finalmente levantás vuelo.
Pero Isaías lo escribe exactamente al revés.
Primero habla de volar.
Después de correr.
Y termina hablando de caminar.
Y creo que eso no es casualidad.
Porque los momentos extraordinarios son hermosos.
Todos disfrutamos esos momentos donde Dios hace algo sobrenatural. Donde sentimos su presencia de una manera especial. Donde una oración es respondida.
Donde vemos un milagro.
Donde levantamos vuelo.
También disfrutamos esos momentos donde Dios nos impulsa a correr. Cuando todo parece avanzar.
Cuando el propósito cobra fuerza.
Cuando vemos fruto.
Pero la mayor parte de la vida no ocurre ahí.
La mayor parte de la vida ocurre caminando.
El lunes.
El martes.
El miércoles.
Cuando ya pasó el domingo.
Cuando ya terminó el congreso.
Cuando ya no está la emoción del momento.
Cuando nadie nos está mirando.
Ahí es donde realmente se prueba nuestra fe.
Porque cualquiera puede levantar las manos cuando todo está bien.
Cualquiera puede sentirse fuerte después de una reunión donde Dios habló a su corazón. La pregunta es...
¿Qué pasa cuando volvés a tu rutina?
¿Qué pasa cuando volvés a la oficina?
¿Qué pasa cuando volvés a tu casa?
¿Qué pasa cuando aparece otra vez el mismo problema que pensabas que ya había terminado? Es ahí donde se revela si nuestra fuerza venía del ambiente...
O si realmente venía de Dios.
Por eso Isaías termina diciendo:
"Caminarán y no desmayarán."
Y la palabra que utiliza para desmayar tampoco habla solamente de cansancio físico. Habla de perder el ánimo.
De bajar los brazos.
De rendirse.
Es ese momento donde alguien dice:
"No sé si vale la pena seguir."
"Me cansé de esperar."
"Me cansé de creer."
"Me cansé de servir."
Y si somos sinceros...
Todos conocemos personas que llegaron a ese lugar.
No dejaron de amar a Dios de un día para el otro.
Simplemente dejaron de caminar.
El desgaste los venció.
La espera se hizo demasiado larga.
Las decepciones se fueron acumulando.
Y poco a poco dejaron de avanzar.
Pero Isaías nos muestra otro camino.
Una vida entrelazada con Dios produce perseverancia.
Produce constancia.
Produce fidelidad.
No una fidelidad basada en la fuerza de voluntad.
Una fidelidad sostenida por la gracia de Dios.
Eso es lo que vemos a lo largo de toda la Biblia.
Hombres y mujeres que atravesaron temporadas buenas y temporadas difíciles. Que conocieron victorias.
Y también derrotas.
Que celebraron respuestas.
Y también atravesaron silencios.
Pero siguieron caminando.
Y creo que ese es el verdadero milagro del pasaje.
No solamente levantar vuelo en los momentos extraordinarios. No solamente correr cuando todo avanza.
Sino seguir caminando cuando la vida vuelve a ser cotidiana. Seguir orando.
Seguir leyendo la Palabra.
Seguir adorando.
Seguir sirviendo.
Seguir creyendo.
No porque siempre tengamos ganas.
Sino porque permanecemos unidos a Aquel que sostiene nuestra vida.
Al final, esa es la diferencia.
Una persona puede sostenerse por sus propias fuerzas durante un tiempo. Pero nadie puede sostener una vida entera apoyándose en sí mismo.
Todos, tarde o temprano, llegamos a nuestro límite.
Por eso Dios nunca nos llamó a depender de nosotros.
Nos llamó a permanecer en Él.
Jesús lo dijo con otras palabras en Juan 15.
"Yo soy la vid y ustedes los pámpanos... separados de mí nada pueden hacer." Es la misma imagen.
Isaías habla de entrelazarse.
Jesús habla de permanecer.
Los dos están diciendo exactamente lo mismo.
La fortaleza no está en nosotros.
La fortaleza está en permanecer unidos a Él.
Y creo que esa es la invitación de este pasaje.
Quizás hoy llegaste cansado.
Quizás hace tiempo que estás intentando sostener tu familia, tu trabajo, tu ministerio o tu propia vida con tus fuerzas.
Y ya descubriste que no alcanza.
La buena noticia es que Dios nunca te pidió que lo hicieras solo.
Él sigue invitándonos a entrelazarnos con Él.
A depender de Él.
A permanecer en Él.
Porque esa promesa sigue vigente.
Los que esperan en el Señor...
Los que permanecen unidos a Él...
Los que deciden depender de su fuerza y no de la propia...
Tendrán nuevas fuerzas.
Levantarán alas como las águilas.
Correrán y no se cansarán.
Caminarán y no desmayarán.
Pastor Christian Schahab
